miércoles, 13 de noviembre de 2013

Noviembres fríos.

Encendió su cigarro y salió por la puerta. Una noche más, como después de cada discusión, se disponía a ir al banco, a su banco. Allí sentada, se puso a reflexionar, ¿de verdad era eso lo que ella quería? ¿Esa era la vida que quería tener al lado de aquel chico? La eterna pregunta se formulaba unas cuantas veces en su cabeza, mientras ella… Bueno, ella se limitaba a agachar la cabeza y dejar que las lágrimas bajasen lentamente por sus mejillas.
En cambio, esta vez había algo distinto, algo indicaba que había llegado el momento final. Esta vez, él no fue a buscarla, como ya era costumbre. Él no fue y ella tampoco le esperaba, a diferencia de otras veces.
Un frío mes de noviembre empezaba, y ellos tendrían que acostumbrarse a ese frío, a la soledad, a los cafés de sabor amargo por las mañanas. Llegó la hora de que ya fuera costumbre el hecho de despertarse y que, al girar la cabeza, ya no hubiera nadie allí.

¿Quién compondría ahora canciones para ella? ¿Quién le llevaría ahora a él el desayuno a la cama? La respuesta es la misma que si preguntamos quién ocuparía el lugar del otro. La respuesta es nadie, porque ambos lo quisieron así.

Quizás.

Quizás fuera tu físico.
Quizás fuera tu personalidad.
Quizás fueran tus apariencias.
Quizás fuera tu soltura.
Quizás fuera el cómo me tratabas.
Quizás fuera lo cabrón que eras.
Quizás fuera el hecho de darme una de cal y mil de arena.
Quizás fuera lo que me hacías reír.
Quizás fueran aquellas horas muertas que pasábamos hablando.
Quizás fuera tu don de palabra.
Quizás fuera mi necesidad de escapar de todo.
Quizás fuera el hecho de que en ti encontré el refugio perfecto.
Quizás fuera que nunca supe dejar de verte con buenos ojos.
Quizás fuera mi propia necesidad.
Quizás fuera que tú supiste reponerme por completo.
Quizás fuera esta soledad.
Quizás fuera que sabía que cualquier día te perdería.
Quizás fueran todos aquellos momentos.
O quizás no. Quizás fue todo eso junto lo que un día me enganchó a ti de esta manera tan absurda.


Cuestión de recuerdos.

Suena el despertador y, antes de apagarlo, ella ya ha dado mil vueltas a esa cantidad de recuerdos que atormentan su vida. Esos recuerdos de momentos que un día le daban la vida. De eso, ¿qué queda? Nada. Ya no queda nada de aquellos días, de aquellas noches en las que se acostaban a las tantas por hablar del futuro que tendrían, aquellas noches en las que medían por tonterías todo lo que un día se quisieron. Eso acabó hace meses. Desde que aquellos tiempos acabaron, no volverá a ver nada con aquellos ojos que desprendían un brillo increíble por las mañanas, acompañados de esas ojeras que delataban que ella era feliz. Él era su único motivo de ser feliz, a pesar de los cientos de kilómetros que los separaban. Esos kilómetros les hacían estar más unidos que nunca, se sentían como si se tuvieran al lado. Ella tenía la esperanza de que esperar merecería la pena, pero se equivocó. Cualquier cosa ha perdido su sentido desde que él ya no está. Los cafés le saben aún más amargos, las ojeras delatan su insomnio y sus recuerdos, las sonrisas se han convertido en lágrimas y el brillo que desprendían sus ojos ya no son más que un par de abismos que llevan a no sé dónde.
Se acabó. Sí, se acabó por completo todo aquello que antes le hacía sonreír como una idiota, como una niña de 4 años con un globo. Desde que él desapareció de su vida, ella se encuentra muy sola, y ya no tiene a quién recurrir, porque antes él era todo lo que tenía, con lo cual ya no queda nada.
Y ahora, ¿quién va a terminar con ese vacío? Probablemente nadie, ya que con él nada le importaba. Él hacía de la peor cosa del mundo, algo maravilloso, lo transformaba en un motivo para sonreír y para seguir luchando día a día. Hacía de las peores cosas algo maravilloso, y eso nadie más lo conseguía. Ella estuvo resplandeciente todo ese tiempo, cosa que era normal, porque él se encargaba de sacarle sonrisas por doquier. Y pensar que la pobre vendería su alma al diablo por repetir una vez más esa triste historia, historia que un día acabó con ella emocionalmente. Él en su día significó mucho. ¡¿Qué digo mucho?! Él lo era absolutamente todo para ella, jamás se había sentido tan bien. Nunca se había sentido bien, a secas, hasta que dio con el cabrón que arruinó su vida. Sí, a pesar de todo, él siempre había sido ese cabrón que ningún padre quiere para su hija, una lástima que ella estaba cegada por completo. Y ya nada podía hacer para cambiar esa situación, porque él era lo único que ella había sabido hacer bien en toda la multitud de cosas que hizo.
¿Por dónde pasearía ahora ella si cualquier sitio, cualquier calle le recordaba un momento que era como una huella imborrable? No quedaba más remedio que encerrarse en su cuarto y pasar las horas muertas, evitando pensar el más mínimo segundo en aquella historia que dejó marcada su vida. Pero era imposible no recordar ni un momento de esos millones de detalles que le alegraban la vida, de esa historia que marcó un antes y un después, porque antes de él, no había nada, y después tampoco.
¿Os he hablado ya de su sonrisa? La sonrisa de ese chico valía oro, os juro que al ver esa sonrisa ella era como si cayese en un precipicio que nunca terminaba. Pagaría una millonada por poder besar esa sonrisa cada día hasta que el fin del mundo les sorprendiese, pero no pudo ser, era un pequeño imposible que ella pretendía cumplir, hasta que se dio la hostia de su vida. Nadie podía curar esa cicatriz, ni podía ni podrá nunca.