Suena el despertador y, antes de apagarlo, ella ya ha dado
mil vueltas a esa cantidad de recuerdos que atormentan su vida. Esos recuerdos
de momentos que un día le daban la vida. De eso, ¿qué queda? Nada. Ya no queda
nada de aquellos días, de aquellas noches en las que se acostaban a las tantas
por hablar del futuro que tendrían, aquellas noches en las que medían por
tonterías todo lo que un día se quisieron. Eso acabó hace meses. Desde que
aquellos tiempos acabaron, no volverá a ver nada con aquellos ojos que
desprendían un brillo increíble por las mañanas, acompañados de esas ojeras que
delataban que ella era feliz. Él era su único motivo de ser feliz, a pesar de
los cientos de kilómetros que los separaban. Esos kilómetros les hacían estar
más unidos que nunca, se sentían como si se tuvieran al lado. Ella tenía la
esperanza de que esperar merecería la pena, pero se equivocó. Cualquier cosa ha
perdido su sentido desde que él ya no está. Los cafés le saben aún más amargos,
las ojeras delatan su insomnio y sus recuerdos, las sonrisas se han convertido
en lágrimas y el brillo que desprendían sus ojos ya no son más que un par de
abismos que llevan a no sé dónde.
Se acabó. Sí, se acabó por completo todo aquello que antes
le hacía sonreír como una idiota, como una niña de 4 años con un globo. Desde
que él desapareció de su vida, ella se encuentra muy sola, y ya no tiene a
quién recurrir, porque antes él era todo lo que tenía, con lo cual ya no queda
nada.
Y ahora, ¿quién va a terminar con ese vacío? Probablemente
nadie, ya que con él nada le importaba. Él hacía de la peor cosa del mundo,
algo maravilloso, lo transformaba en un motivo para sonreír y para seguir
luchando día a día. Hacía de las peores cosas algo maravilloso, y eso nadie más
lo conseguía. Ella estuvo resplandeciente todo ese tiempo, cosa que era normal,
porque él se encargaba de sacarle sonrisas por doquier. Y pensar que la pobre
vendería su alma al diablo por repetir una vez más esa triste historia,
historia que un día acabó con ella emocionalmente. Él en su día significó
mucho. ¡¿Qué digo mucho?! Él lo era absolutamente todo para ella, jamás se había
sentido tan bien. Nunca se había sentido bien, a secas, hasta que dio con el
cabrón que arruinó su vida. Sí, a pesar de todo, él siempre había sido ese
cabrón que ningún padre quiere para su hija, una lástima que ella estaba cegada
por completo. Y ya nada podía hacer para cambiar esa situación, porque él era
lo único que ella había sabido hacer bien en toda la multitud de cosas que
hizo.
¿Por dónde pasearía ahora ella si cualquier sitio,
cualquier calle le recordaba un momento que era como una huella imborrable? No
quedaba más remedio que encerrarse en su cuarto y pasar las horas muertas,
evitando pensar el más mínimo segundo en aquella historia que dejó marcada su
vida. Pero era imposible no recordar ni un momento de esos millones de detalles
que le alegraban la vida, de esa historia que marcó un antes y un después,
porque antes de él, no había nada, y después tampoco.
¿Os he hablado ya de su sonrisa? La sonrisa de ese chico
valía oro, os juro que al ver esa sonrisa ella era como si cayese en un precipicio
que nunca terminaba. Pagaría una millonada por poder besar esa sonrisa cada día
hasta que el fin del mundo les sorprendiese, pero no pudo ser, era un pequeño
imposible que ella pretendía cumplir, hasta que se dio la hostia de su vida.
Nadie podía curar esa cicatriz, ni podía ni podrá nunca.