miércoles, 13 de noviembre de 2013

Noviembres fríos.

Encendió su cigarro y salió por la puerta. Una noche más, como después de cada discusión, se disponía a ir al banco, a su banco. Allí sentada, se puso a reflexionar, ¿de verdad era eso lo que ella quería? ¿Esa era la vida que quería tener al lado de aquel chico? La eterna pregunta se formulaba unas cuantas veces en su cabeza, mientras ella… Bueno, ella se limitaba a agachar la cabeza y dejar que las lágrimas bajasen lentamente por sus mejillas.
En cambio, esta vez había algo distinto, algo indicaba que había llegado el momento final. Esta vez, él no fue a buscarla, como ya era costumbre. Él no fue y ella tampoco le esperaba, a diferencia de otras veces.
Un frío mes de noviembre empezaba, y ellos tendrían que acostumbrarse a ese frío, a la soledad, a los cafés de sabor amargo por las mañanas. Llegó la hora de que ya fuera costumbre el hecho de despertarse y que, al girar la cabeza, ya no hubiera nadie allí.

¿Quién compondría ahora canciones para ella? ¿Quién le llevaría ahora a él el desayuno a la cama? La respuesta es la misma que si preguntamos quién ocuparía el lugar del otro. La respuesta es nadie, porque ambos lo quisieron así.

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