Encendió su cigarro y salió por la puerta. Una noche más,
como después de cada discusión, se disponía a ir al banco, a su banco. Allí
sentada, se puso a reflexionar, ¿de verdad era eso lo que ella quería? ¿Esa era
la vida que quería tener al lado de aquel chico? La eterna pregunta se
formulaba unas cuantas veces en su cabeza, mientras ella… Bueno, ella se
limitaba a agachar la cabeza y dejar que las lágrimas bajasen lentamente por
sus mejillas.
En cambio, esta vez había algo distinto, algo indicaba que
había llegado el momento final. Esta vez, él no fue a buscarla, como ya era
costumbre. Él no fue y ella tampoco le esperaba, a diferencia de otras veces.
Un frío mes de noviembre empezaba, y ellos tendrían que
acostumbrarse a ese frío, a la soledad, a los cafés de sabor amargo por las mañanas. Llegó la
hora de que ya fuera costumbre el hecho de despertarse y que, al girar la
cabeza, ya no hubiera nadie allí.
¿Quién compondría ahora canciones para ella? ¿Quién le
llevaría ahora a él el desayuno a la cama? La respuesta es la misma que si
preguntamos quién ocuparía el lugar del otro. La respuesta es nadie, porque
ambos lo quisieron así.
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